Antonio y Angelina
Antonio Jiménez fue, desde muy joven, un auténtico amante del baile. Dio sus primeros pasos (y algún que otro tropezón) en un club parroquial llamado “Los Soñadores”, en la iglesia del Barrio Alto de Jimena de la Frontera. De allí pasó a dejar huella en pistas míticas como Los Tres Saltos, el Bar Rondán y El Pósito, donde más de uno aún recuerda cómo se movía al son de la música.
Eso sí, Antonio era un poco tímido a la hora de pedir un baile… hasta que apareció Angelina, su esposa. Desde entonces, se le quitó la vergüenza de golpe y ya no había feria, verbena ni cotillón donde no se le viera moviendo los pies. Si sonaba la música, Antonio aparecía como por arte de magia.
Cuando se creó la peña de “Los Amigos del Baile”, Antonio no solo fue uno más, sino que llegó a tener cargo directivo, porque de baile sabía un rato largo. Participó en todos los eventos que se organizaban, dando ejemplo y ritmo.
Con los años, el apetito por el baile ha bajado un poco (solo un poco y ahora dedica más tiempo al billar en el Hogar del Pensionista y a la petanca. Pero que nadie se confíe: en cuanto oye música, Antonio se siente joven otra vez… y los pies se le van solos.
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